La mañana amaneció con un sol pálido y enfermo, filtrándose a través de nubes que parecían moretones en el cielo. La tensión de la noche anterior en el balcón no se había disipado, se había solidificado.
Ronan se movía por la habitación como una tormenta contenida, equipándose con arneses tácticos y cuchillos de plata, preparándose para la incursión en el bosque que había prometido.
Damien, desde su rincón habitual, observaba en silencio. No había armas en él, solo esa quietud inquietante que irritaba a Ronan más que cualquier insulto.
—No salgas de la casa —le repitió Ronan a Seraphina por enésima vez, ajustándose una funda en el muslo—. Marcus y la guardia de élite se quedarán custodiandote.
Seraphina asintió, aunque su mente estaba en otra parte. Desde que despertó, tenía una sensación de inquietud que no provenía de su vientre, el bebé oscuro seguía dormido gracias a la presencia de Damien, sino de un instinto fraternal.
—¿Dónde está Hunter? —preguntó de repente.
—En el patio de e