La voz distorsionada murió en un chirrido de estática cuando Ronan, con un movimiento seco de su muñeca, aplastó el dispositivo en su mano. El plástico y los circuitos crujieron bajo la presión de su furia, cayendo al suelo convertidos en basura inútil.
—Nadie escuche esa inmundicia —ordenó Ronan, su voz resonando en el vestíbulo fortificado como un disparo de cañón.
Pero el daño ya estaba hecho. Las palabras "Entréganos al niño" flotaban en el aire viciado, alimentando el pánico que comenzaba a brotar en los ojos de los guerreros más jóvenes. Afuera, la niebla blanca no era solo un fenómeno meteorológico, sino un muro sólido que presionaba contra los cristales, buscando cualquier rendija para colarse.
—No intenten salir —advirtió Damien, que permanecía junto a la ventana sin tocar el vidrio—. Esa niebla no es agua condensada. Es memoria. Es culpa materializada. Si salen ahí fuera, se perderán en sus propias pesadillas antes de dar dos pasos.
Seraphina se abrazó a sí misma, sintiendo