El cielo amaneció pintado en tonos de lavanda cuando Catalina llegó al cementerio de Villa Rica. Las rejas de hierro forjado chirriaron al abrirse, anunciando su ingreso a la sección de mausoleos antiguos. Entre cipreses y estatuas de ángeles desgastados por el tiempo, la tumba de Helena Salgado se alzaba sencilla: una losa de mármol blanco con la inscripción «Madre, guerrera, eterna».
Catalina se arrodilló, colocando un ramo de gardenias (las favoritas de su madre) junto a las letras doradas