El cielo estaba cubierto de nubes plomizas cuando Catalina salió de Sandoval Industries, escoltada por cuatro guardaespaldas que no le despegaron los ojos de encima. El viento arrancó su bufanda de seda, llevándola hacia la carretera donde un camión de basura pasó rugiendo. Antonio, a su lado, revisaba constantemente los alrededores con una mano en la pistola, preparado para cualquier percance que pudiera surgir de un momento a otro.
—El auto está a dos minutos —dijo, guiándola hacia una camion