El impacto del agua helada le arrancó el aliento a Erick. Los escombros llovían alrededor como meteoros retorcidos, hierros al rojo vivo que silbaban al contacto con el mar. Una mano de garra se aferró a su tobillo: David, con el rostro desfigurado por quemaduras y la mirada de un animal acorralado, intentaba arrastrarlo hacia las profundidades.
—¡Tú… primero! —burbujeó David, la voz distorsionada bajo el agua. Sangre oscura escapaba de su muñeca cercenada, teñiendo el mar de rojo.
Erick forcejeó, la navaja aún en su puño. Con un movimiento brusco, cortó el cable que lo atrapaba y propulsó su cuerpo hacia la superficie, los pulmones agonizando. Arriba, el cielo nocturno estaba iluminado por las llamas que devoraban el muelle. Buscó con la mirada rastro alguno de Catalina, sintiendo que moría por ella.
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Antonio se zambulló antes de que los Halcones lo detuvieran. El agua, espesa por el aceite y la sangre, dificultaba cada brazada. Siguió el rastro de burbujas hasta encontrar a