El impacto del agua helada le arrancó el aliento a Erick. Los escombros llovían alrededor como meteoros retorcidos, hierros al rojo vivo que silbaban al contacto con el mar. Una mano de garra se aferró a su tobillo: David, con el rostro desfigurado por quemaduras y la mirada de un animal acorralado, intentaba arrastrarlo hacia las profundidades.
—¡Tú… primero! —burbujeó David, la voz distorsionada bajo el agua. Sangre oscura escapaba de su muñeca cercenada, teñiendo el mar de rojo.
Erick fo