Esteban Montenegro estaba sentado en su escritorio junto a su esposa, quién sostenía un control remoto en sus manos. Lorena entró con la cabeza en alto, con esa postura altanera que tanto la caracterizaba, sus tacones aguja repiqueteando sobre el mármol negro pulido. Susana Montenegro estaba sentada en el sillón de terciopelo verde junto a su esposo, de piernas cruzadas y juguetando con el aparato en sus manos.
—Padre —dijo Lorena con una sonrisa tensa—. Me dijeron que querías verme urgentement