Esteban Montenegro estaba sentado en su escritorio junto a su esposa, quién sostenía un control remoto en sus manos. Lorena entró con la cabeza en alto, con esa postura altanera que tanto la caracterizaba, sus tacones aguja repiqueteando sobre el mármol negro pulido. Susana Montenegro estaba sentada en el sillón de terciopelo verde junto a su esposo, de piernas cruzadas y juguetando con el aparato en sus manos.
—Padre —dijo Lorena con una sonrisa tensa—. Me dijeron que querías verme urgentemente. ¿Pasó algo?— preguntó con fingida inocencia.
Esteban, un hombre de casi sesenta años con el pelo plateado recortado al milímetro, ojos tan negros como los de Erick y una expresión inmutable en el rostro. No se levantó de su escritorio de roble macizo. Sus ojos negros, idénticos a los de Erick, la perforaron como dagas. Él había confiado en Lorena, incluso la puso por encima de su propio hijo y jamás esperó que ridiculizara a la familia Montenegro de esa manera.
—Cierra la puerta.
El clic de