El teléfono vibró sobre la mesa de centro, iluminando la penumbra del departamento con una luz azulada. Erick, que estaba revisando los cerrojos de las ventanas por tercera vez esa noche, se acercó con el ceño fruncido. Al ver el nombre de Antonio en la pantalla, una punzada de inquietud le recorrió la espalda. ¿Acaso había pasado algo? Una punzada en el pecho lo preparaba para alguna fatídica noticia. Su intuición jamás fallaba.
—¿Antonio? —contestó, tratando de disimular la tensión en su voz,