El aire en la oficina de Erick Montenegro estaba cargado de un silencio abrumador, ese tipo de quietud que precede a la tormenta. La luz del atardecer se filtraba entre las persianas semi abiertas, dibujando líneas sobre los muebles, dando a todo un aire mucho más melancólico.
Erick firmaba documentos con rigurosidad, la pluma de su pluma raspando el papel con cierta irritabilidad. Cada rúbrica era un recordatorio de su herencia: empresas, propiedades, responsabilidades que lo encadenaban a un