Erick dejó a Catalina a una cuadra del edificio de los Bethencourt, se despidieron con un suave beso en los labios y ella bajó del automóvil con una gran sonrisa en el rostro. Catalina ajustó el cuello de su blusa gris—comprada en una tienda de segunda mano cerca del metro—y caminó hacia el edificio Bethencourt & Asociados con la espalda recta, mostrando una postura segura. Los tacones de sus zapatos crujían contra el piso de la recepción, cada paso que daba era un recordatorio de su lugar en a