Las luces del gimnasio parpadearon tenuemente, el sol ya se estaba ocultando cuando Catalina se secó las gotas de sudor frío que se deslizaban por su rostro. Finalmente había terminado su turno y estaba completamente exhausta. Sus delicados dedos jugueteaban con el llavero del casillero número 12 mientras observaba la puerta principal de vez en cuando, sin poder sacarse el recuerdo de un devastado Antonio de la cabeza.
Habían transcurrido tres días desde que Antonio Sepúlveda había tenido ese a