Para siempre

Ocho años después

El jardín de la mansión Blackwood estaba lleno de vida.

Cuatro niños corrían entre los árboles: Alexander (13 años) lideraba el grupo con su balón, Mateo (10) intentaba quitárselo, Sofía (9) leía en voz alta un cuento a la pequeña Emma (6), que la escuchaba con los ojos muy abiertos. En el centro del césped, una niña de dos años, Valentina, daba sus primeros pasos tambaleantes mientras reía.

Isabella observaba la escena desde la terraza, con una mano apoyada en su vientre ligeramente redondeado. El sexto hijo estaba en camino.

Llevaba un vestido blanco sencillo que se movía con la brisa. Su cabello estaba más largo y su mirada tenía una paz que años atrás parecía imposible.

Ethan se acercó por detrás, silencioso como siempre. La rodeó con los brazos y apoyó la barbilla en su hombro.

—Nuestros hijos van a acabar con el jardín —murmuró con una sonrisa en la voz.

Isabella rio suavemente.

—Que lo acaben. Prefiero verlos felices y sucios que encerrados como yo estuve una vez.

Ethan la giró con cuidado entre sus brazos y la miró a los ojos. Esos ojos grises que una vez fueron fríos como el acero ahora brillaban con una calidez profunda.

—Hace nueve años te secuestré en una fiesta —dijo en voz baja—. Te obligué a casarte conmigo, te amenacé, te rompí… y tú me rompiste a mí.

Isabella levantó una mano y acarició su mandíbula.

—Y hoy estás aquí, siendo el padre de mis hijos, el hombre que me hace reír, el que me protege y el que todavía me mira como si fuera la primera vez.

Ethan besó su palma.

—Nunca pensé que el precio de amarte sería tan alto… ni que valdría tanto la pena.

Isabella sonrió, con los ojos brillantes.

—Pagamos con sangre, con odio, con lágrimas y con noches en las que creí que te mataría. Pero al final, ganamos esto: una familia, una casa llena de risas y un amor que sobrevivió al fuego.

Ethan la besó con ternura. Fue un beso lento, profundo, lleno de años compartidos. Cuando se separaron, apoyó su frente contra la de ella.

—Para siempre —susurró.

—Para siempre —respondió Isabella.

Abajo, Alexander gritó:

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Vengan a jugar!

Ethan tomó la mano de Isabella y entrelazó sus dedos con los de ella.

—¿Vamos?

—Vamos —dijo ella, sonriendo.

Bajaron juntos las escaleras hacia el jardín, donde sus hijos los esperaban con los brazos abiertos y risas contagiosas.

Mientras caminaban, Isabella miró a Ethan de reojo y pensó en todo lo que habían vivido:

El odio inicial.

La venganza.

Las noches de pasión y dolor.

Las balas.

Las mentiras.

Y finalmente… el amor.

El precio había sido altísimo.

Pero mirando a sus hijos correr hacia ellos, sintiendo la mano de Ethan apretando la suya y sabiendo que mañana despertarían juntos otra vez, Isabella supo una verdad absoluta:

Valió la pena.

Cada lágrima.

Cada cicatriz.

Cada noche de odio.

Porque al final, amar al enemigo no fue su condena.

Fue su mayor salvación.

Y mientras los niños se lanzaban a sus brazos, Isabella Blackwood cerró los ojos y sonrió.

El enemigo ya no existía.

Solo quedaba el hombre que amaba… y la vida que habían construido juntos.

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