La última elección

La noche era fría y silenciosa en la mansión Blackwood.

Isabella estaba de pie frente a la ventana del dormitorio principal, mirando la ciudad iluminada a lo lejos. Llevaba solo una bata de seda negra que se ajustaba suavemente a su cuerpo. En su mano temblaba ligeramente el teléfono que Ethan le había devuelto semanas atrás.

Sobre la mesa, junto a la ventana, estaba el sobre blanco que Camila le había enviado esa misma tarde. Dentro estaban los últimos documentos que probaban la traición de su padre… y una nota escrita a mano:

“Si quieres irte, tengo todo listo. Un pasaporte nuevo, dinero y un lugar seguro. Solo tienes que llamarme. Te quiero. – C.”

Isabella cerró los ojos. El peso de esa decisión le oprimía el pecho.

Detrás de ella, la puerta se abrió suavemente. Ethan entró y se detuvo al verla. Llevaba solo pantalones negros, el torso desnudo marcado por cicatrices antiguas y nuevas.

Se acercó en silencio y se detuvo a unos pasos de ella.

—¿Vas a irte? —preguntó con voz baja, sin acusación, solo una pregunta cruda.

Isabella no se giró. Siguió mirando la ciudad.

—No lo sé —susurró—. Hace un año habría matado por tener esta oportunidad. Ahora… no sé si quiero usarla.

Ethan dio un paso más y se detuvo justo detrás de ella. No la tocó. Solo habló.

—Te dije que rompería el contrato. Lo hice. Ya no estás atada a mí por ningún papel. Si quieres irte esta noche, no te detendré. Te daré todo lo que necesites. Dinero, protección, una vida nueva lejos de mí.

Se hizo un silencio pesado.

—Pero si te quedas… —continuó Ethan, con la voz más ronca—, no será como antes. No habrá contratos, ni amenazas, ni jaulas. Solo serás mi esposa porque tú eliges serlo. Y yo seré tu marido porque te amo, aunque todavía haya días en los que me mires como si quisieras matarme.

Isabella finalmente se giró. Sus ojos verdes brillaban con lágrimas contenidas.

—¿Por qué me das esta opción ahora? ¿Por qué no me obligas a quedarme como lo hiciste al principio?

Ethan dio el último paso y tomó su rostro entre sus manos grandes y cálidas.

—Porque ya no quiero obligarte a nada —dijo con honestidad brutal—. Quiero que elijas quedarte. Quiero despertarme cada mañana sabiendo que estás aquí porque quieres estarlo… no porque te tengo atrapada.

Isabella sintió que una lágrima escapaba y rodaba por su mejilla.

—Te odio —susurró.

—Lo sé —respondió él, limpiando la lágrima con el pulgar.

—Y te amo —continuó ella, con la voz quebrada—. Aunque todavía me duela todo lo que pasó. Aunque todavía haya noches en las que recuerdo a mi padre y me pregunte si estoy traicionándolo al estar contigo.

Ethan apoyó su frente contra la de ella.

—Entonces quédate y traiciónalo conmigo —dijo suavemente—. Construyamos algo nuevo. Un futuro donde nuestros hijos no tengan que cargar con el odio que nosotros cargamos.

Isabella cerró los ojos. El sobre con los documentos de Camila seguía sobre la mesa, como una puerta abierta hacia la libertad.

Pero ella ya había tomado su decisión.

Dejó caer el teléfono al suelo.

Luego tomó el sobre, lo abrió y, sin leerlo, lo arrojó al fuego de la chimenea. Las llamas devoraron los papeles en cuestión de segundos.

Ethan observó cómo ardían los documentos. Cuando solo quedaron cenizas, miró a Isabella con los ojos brillantes.

—¿Estás segura? —preguntó en voz baja.

Isabella se acercó a él, tomó su mano y la colocó sobre su corazón.

—Estoy segura —dijo—. Elijo quedarme. Elijo esto. Elijo a ti.

Ethan la besó con una intensidad que le robó el aliento. No fue un beso de posesión. Fue un beso de alivio, de gratitud y de amor profundo.

La levantó en brazos y la llevó hasta la cama. Le quitó la bata con lentitud, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando estuvo desnuda, la miró como si fuera un milagro.

—Eres mía —susurró—. Pero ahora porque tú lo quieres.

—Y tú eres mío —respondió Isabella, atrayéndolo hacia ella.

Esa noche hicieron el amor sin prisa, sin juegos, sin ataduras. Solo dos cuerpos que se conocían perfectamente, dos almas que habían pasado del odio al amor más complicado y verdadero.

Cuando terminaron, exhaustos y abrazados, Isabella apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el latido fuerte y constante de su corazón.

—Para siempre —susurró ella.

Ethan besó su cabello.

—Para siempre —respondió.

Fuera, la ciudad seguía brillando.

Dentro, el enemigo y la mujer que una vez juró destruirlo habían encontrado por fin su paz.

El precio había sido alto.

Pero el amor… había valido cada centavo.

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