Diez años después de aquella noche en la que Isabella arrojó los documentos al fuego, la mansión Blackwood ya no era un lugar de sombras.
Era un hogar.
Isabella estaba de pie en el balcón del segundo piso, con las manos apoyadas en la barandilla. El viento suave movía su cabello largo y el vestido blanco que llevaba. Abajo, en el jardín, sus cinco hijos jugaban: Alexander (de 13 años) dirigía un partido de fútbol improvisado, Mateo y Sofía discutían sobre quién era el mejor goleador, mientras E