La verdad que duele

Isabella se quedó mirando el teléfono durante varios minutos después de que Ethan saliera de la habitación. El mensaje de Camila seguía allí, brillando en la pantalla como una advertencia.

“Isa, soy Camila. Necesito hablar contigo urgentemente. Algo pasó con papá antes de morir. No es lo que crees. Llámame cuando puedas. Te quiero.”

Su corazón latía con fuerza. Durante cinco años había vivido con una sola verdad: Ethan Blackwood era el monstruo que había ordenado la muerte de su padre. Ahora, su propia hermana le decía que esa verdad podía ser una mentira.

Con las manos temblorosas, marcó el número.

Camila contestó al segundo tono.

—¿Isa? Por fin… ¿estás bien? He estado muerta de miedo.

—Estoy viva —respondió Isabella en voz baja—. Pero no estoy bien. Estoy en la mansión Blackwood. Firmé un contrato. Soy su esposa ahora. Dime qué está pasando. ¿Qué quisiste decir con “no es lo que crees”?

Hubo un silencio pesado al otro lado de la línea.

—Papá no era inocente, Isa. Encontré documentos hace unos meses. Él no solo intentaba robarle dinero a los Blackwood… estaba trabajando con los Rossi. Planeaba entregarles toda la información de Ethan a cambio de protección y una parte del territorio. Incluso ordenó el atentado contra el hermano menor de Ethan. Fue papá quien empezó la guerra.

Isabella sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—No… eso no puede ser verdad.

—Es verdad —insistió Camila, con la voz quebrada—. Tengo correos, transferencias, todo. Papá estaba desesperado. Nuestra empresa estaba al borde de la quiebra y él eligió el camino más sucio. Ethan no mintió cuando dijo que papá intentó matarlo primero. Solo… se defendió.

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Isabella sin control.

—Entonces… ¿todo este tiempo he estado odiando a la persona equivocada?

—Isa, escúchame. Tienes que salir de ahí. Blackwood es peligroso. Si descubre que sabes la verdad, no sé qué puede hacer. Yo puedo ayudarte. Tengo un contacto que…

De pronto, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Ethan entró como una tormenta. Su expresión era oscura, peligrosa. En su mano llevaba su propio teléfono, todavía mostrando la llamada en curso. Había escuchado todo.

—Camila —dijo Isabella con voz ahogada—. Tengo que colgar.

Cortó la llamada.

El silencio que cayó en la habitación fue ensordecedor.

Ethan cerró la puerta lentamente y se acercó a ella. Sus ojos grises estaban llenos de furia contenida y algo más… ¿dolor?

—¿Cuánto tiempo llevas hablando a mis espaldas? —preguntó con voz baja y letal.

—Acabo de enterarme —respondió Isabella, levantándose de la cama—. Mi hermana me escribió. Yo… necesitaba saber.

Ethan soltó una risa amarga.

—Así que ahora lo sabes. Tu querido padre no era el santo que creías. Era un traidor que vendió su alma a mis enemigos y mató a mi hermano de diecinueve años para salvar su propio pellejo.

Isabella se dejó caer sentada en la cama, con la cabeza entre las manos.

—Dios mío… todo este tiempo…

Ethan se arrodilló frente a ella y tomó su rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo.

—Te lo dije, Isabella. No empecé esta guerra. Pero la terminé. Y cuando te vi en esa fiesta, dispuesta a envenenarme por una mentira… quise destruirte. Pero también quise poseerte. Porque por primera vez en años, alguien me miró con tanto fuego que me recordó que todavía estaba vivo.

Las lágrimas de Isabella caían sin control.

—¿Qué quieres de mí ahora? —preguntó con voz rota.

Ethan la miró con una mezcla de dolor y determinación.

—Quiero que dejes de luchar contra esto. Quiero que aceptes que ya no eres solo mi prisionera. Eres mi esposa. Y yo… soy tu marido. El hombre que te odió tanto como te deseó.

Se inclinó y la besó. Esta vez el beso fue diferente: más lento, más profundo, casi dolorosamente tierno.

Cuando se separaron, Ethan apoyó su frente contra la de ella.

—Mañana rompo el contrato —susurró—. Mañana empiezas a elegir. Pero esta noche… esta noche todavía eres mía.

Isabella cerró los ojos, sintiendo cómo su mundo se derrumbaba y se reconstruía al mismo tiempo.

El odio seguía allí.

Pero ahora estaba rodeado de dolor, culpa y un sentimiento nuevo y aterrador que crecía en su pecho.

Amor.

Un amor prohibido, retorcido y nacido del fuego y la venganza.

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