El fuego que no se apaga

La mañana siguiente amaneció con una lluvia fina que golpeaba suavemente los ventanales de la mansión.

Isabella se despertó envuelta en los brazos de Ethan. Su cuerpo grande y cálido la rodeaba por completo, como si incluso dormido temiera que ella desapareciera. Por primera vez en semanas, no sintió la urgencia de apartarse. Se quedó quieta, escuchando el latido constante de su corazón contra su espalda.

Ethan se removió detrás de ella. Sus labios rozaron su nuca en un beso perezoso.

—Buenos días, esposa —murmuró con voz ronca por el sueño.

Isabella cerró los ojos. Esa palabra ya no sonaba como una cadena. Sonaba… diferente.

—No sé si todavía soy tu esposa —susurró ella—. O solo una mujer atrapada entre la verdad y lo que siento.

Ethan la giró suavemente para que lo mirara. Sus ojos grises estaban serios, sin la máscara fría de siempre.

—Eres ambas cosas —dijo con honestidad—. Pero quiero que dejes de sentirte atrapada. El contrato sigue existiendo… pero ya no quiero usarlo como arma.

Se incorporó y se sentó en la cama, pasándose una mano por el cabello revuelto.

—Anoche, después de que te dormiste, leí los documentos que te dio tu hermana. Todo es verdad. Tu padre planeó la muerte de mi hermano. Traicionó un acuerdo que teníamos desde hacía años. Yo respondí destruyendo su imperio y quitándole la vida. No me arrepiento de defenderme… pero sí me arrepiento de cómo te arrastré a ti en esto.

Isabella se sentó también, cubriéndose con la sábana.

—Entonces ¿por qué no me dejaste ir cuando descubriste quién era?

Ethan la miró directamente a los ojos.

—Porque desde el primer momento en que te vi, algo dentro de mí se rompió y se reconstruyó a tu alrededor. No era solo deseo. Era obsesión. Quería que sufrieras… pero también quería ser el único que pudiera consolarte después. Quería ser tu enemigo y tu salvación al mismo tiempo.

Isabella sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

—Eso es enfermizo, Ethan.

—Lo sé —admitió él con una sonrisa amarga—. Pero es lo único real que he sentido en años.

Se inclinó y tomó su mano, entrelazando sus dedos.

—Quiero hacerte una propuesta. El contrato sigue vigente por seis meses más. Pero desde hoy, ya no eres mi prisionera. Eres mi esposa de verdad. Puedes moverte libremente por la ciudad, ver a tu hermana (bajo supervisión si es necesario), y decidir si quieres quedarte o irte cuando termine el año. Sin amenazas. Sin venganza.

Isabella lo miró con sorpresa.

—¿Y si decido irme?

Ethan apretó su mano con más fuerza, pero su voz se mantuvo firme.

—Entonces te dejaré ir. Te daré dinero, protección, todo lo que necesites. Pero te advierto… si te vas, me llevarás una parte de mí que nunca recuperaré.

El silencio que siguió fue denso. Isabella miró sus manos unidas. El hombre que tenía delante ya no era solo el enemigo frío y cruel. Era alguien roto, peligroso y profundamente enamorado de ella de una forma retorcida.

—Necesito tiempo —dijo finalmente—. Todo esto es demasiado. La verdad sobre mi padre… lo que siento cuando estoy contigo… no sé cómo encajarlo todo.

Ethan asintió.

—Tienes tiempo. Pero esta noche… quiero que seas tú quien venga a mí. Sin órdenes. Sin ataduras. Solo si quieres.

Se levantó de la cama y comenzó a vestirse para ir a la oficina.

—Te dejaré sola hoy. Piensa en lo que quieras. Pero Isabella… —se detuvo en la puerta y la miró—, no vuelvas a escaparte sin decírmelo. No porque te lo prohíba, sino porque no quiero que te pase nada.

Salió de la habitación, dejando a Isabella sola con sus pensamientos.

Durante todo el día, Isabella caminó por los jardines de la mansión bajo la lluvia fina. Leyó los documentos una y otra vez. Lloró por su padre. Lloró por la niña que había creído en un héroe que nunca existió. Y lloró por la mujer que estaba empezando a enamorarse del hombre que había destruido ese héroe falso.

Al atardecer, tomó una decisión.

Cuando Ethan regresó esa noche, encontró la mansión en penumbras. Solo una luz tenue iluminaba el dormitorio principal.

Isabella lo esperaba de pie junto a la cama. Llevaba un camisón negro sencillo, el cabello suelto y los ojos rojos de haber llorado.

Ethan se detuvo en la puerta, observándola con cautela.

—¿Estás bien? —preguntó.

Isabella dio un paso hacia él.

—No lo sé —admitió—. Pero esta noche no quiero pensar. Solo quiero sentir algo real.

Se acercó a él y comenzó a desabotonarle la camisa con manos temblorosas. Ethan se quedó quieto, dejando que ella tomara el control por primera vez.

Cuando la camisa cayó al suelo, Isabella recorrió con sus dedos las cicatrices de su torso.

—Estas marcas… —susurró— ¿fueron por mi padre?

Ethan asintió.

—Algunas sí.

Isabella se puso de puntillas y besó una de las cicatrices más grandes. Luego otra. Y otra. Sus labios recorrieron su pecho con una ternura que hizo que Ethan contuviera la respiración.

—Isabella… —murmuró él, con la voz ronca.

—Shh —dijo ella—. Esta noche soy yo quien decide.

Lo empujó suavemente hacia la cama. Ethan se sentó en el borde y ella se colocó a horcajadas sobre él. Lo besó con lentitud, explorando su boca como si fuera la primera vez. Sus manos bajaron por su pecho, desabrochando su cinturón.

Cuando lo liberó, sintió su erección caliente y dura contra su palma. Lo acarició lentamente mientras lo besaba. Ethan gruñó contra su boca, pero no tomó el control. Dejó que ella marcara el ritmo.

Isabella se levantó el camisón y se hundió sobre él lentamente, tomándolo centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Ambos gimieron al unísono.

Esta vez no fue duro ni salvaje.

Fue lento. Profundo. Intenso.

Isabella se movió sobre él con movimientos ondulantes, abrazándolo por el cuello mientras lo besaba. Ethan sujetaba sus caderas con fuerza, pero no la guiaba. Solo la acompañaba.

—Te odio… —susurró ella contra sus labios mientras aumentaba el ritmo.

—Lo sé —respondió él, embistiendo hacia arriba para encontrarse con ella—. Ódiame todo lo que quieras… mientras sigas así.

El placer creció entre ellos como una llama que se alimentaba de sí misma. Isabella aceleró, bajando con más fuerza, sintiendo cómo él la llenaba por completo. Sus gemidos se mezclaron en la habitación oscura.

Cuando el orgasmo la alcanzó, Isabella gritó su nombre, clavando las uñas en sus hombros. Ethan la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gruñido ronco, abrazándola con tanta fuerza que casi le dolía.

Se quedaron unidos durante mucho tiempo, respirando agitados, con las frentes pegadas.

Ethan fue el primero en hablar.

—No te vayas —susurró—. Quédate conmigo. No como prisionera. Quédate porque quieres.

Isabella cerró los ojos, todavía sentada sobre él.

—No sé si puedo perdonarte completamente —admitió—. Pero tampoco puedo alejarme de ti.

Ethan besó su frente con ternura.

—Entonces quédate hasta que lo sepas. Y yo… intentaré ser un hombre que merezca que te quedes.

Se tumbaron en la cama, todavía unidos en un abrazo. Por primera vez, el silencio entre ellos no era tenso. Era pesado, pero lleno de posibilidades.

Sin embargo, en el fondo de su mente, Isabella sabía que la verdad sobre su padre no era el final de la historia.

Los Rossi seguían ahí fuera.

Y si Camila había encontrado esos documentos… ellos también podrían encontrarlos.

La guerra que su padre empezó no había terminado.

Solo había cambiado de bando.

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