Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche llegó envuelta en un silencio pesado dentro de la mansión Blackwood.
Isabella pasó todo el día caminando como un fantasma por los pasillos. Las palabras de Camila resonaban en su cabeza una y otra vez, mezclándose con las confesiones de Ethan esa mañana. Su padre no era el héroe que ella había idealizado. Había sido un traidor. Un asesino. Y Ethan… Ethan había perdido a su hermano menor por culpa de esa traición. Todo en lo que había creído durante cinco años se estaba desmoronando. Cuando las luces de la mansión se encendieron con el atardecer, Isabella se duchó lentamente. Se puso un sencillo camisón de seda negra que apenas cubría sus muslos. No quería provocarlo. Solo… quería sentir algo real por primera vez. Ethan entró en la habitación poco después de las nueve. Se había quitado el traje y llevaba solo una camisa negra con los botones superiores abiertos y pantalones oscuros. Cerró la puerta con llave y se quedó mirándola desde el umbral. —No hay ataduras esta noche —dijo con voz grave—. Ni órdenes. Ni juegos. Solo tú y yo, Isabella. Sin mentiras. Ella asintió, aunque su corazón latía desbocado. Ethan se acercó lentamente y se detuvo frente a ella. Levantó una mano y acarició su mejilla con el pulgar, un gesto sorprendentemente suave. —Dime qué quieres —murmuró—. Esta noche no te voy a tomar. Quiero que me des. Isabella tragó saliva. Sus ojos verdes se encontraron con los grises de él. —Quiero… sentir que no soy solo tu venganza —susurró—. Quiero saber si queda algo más entre nosotros que odio y deseo. Ethan la miró en silencio durante varios segundos. Luego, sin decir nada, la tomó en brazos y la llevó hasta la cama. La depositó con cuidado sobre las sábanas y se tumbó a su lado, apoyado en un codo para observarla. —Queda mucho más —admitió en voz baja—. Queda miedo. Queda obsesión. Y queda esto… Se inclinó y la besó. El beso fue diferente a todos los anteriores. No había dominación brutal ni prisa por poseer. Era lento, profundo, exploratorio. Sus labios se movieron contra los de ella con una paciencia que la desarmó. Isabella levantó las manos y las enredó en su cabello negro, atrayéndolo más cerca. Ethan gimió suavemente contra su boca y profundizó el beso. Su lengua rozó la de ella con ternura, saboreándola como si fuera la primera vez. Sus manos bajaron por sus costados, acariciando la seda del camisón sin quitárselo todavía. —Eres hermosa —susurró contra sus labios—. Incluso cuando me miras como si quisieras matarme. Isabella sonrió con tristeza. —Todavía quiero matarte un poco. —Bien —respondió él, besando la comisura de sus labios—. El día que dejes de querer matarme, sabré que te he perdido. Sus besos bajaron por su cuello, suaves y calientes. Ethan deslizó los tirantes del camisón por sus hombros, dejando que la tela cayera hasta su cintura. Sus labios recorrieron sus pechos con devoción, besando, lamiendo y succionando con una lentitud tortuosa que hizo que Isabella arqueara la espalda. —Ethan… —gimió ella, cerrando los ojos. —Dime mi nombre otra vez —pidió él, bajando más. —Ethan… Sus manos grandes separaron sus muslos con suavidad. Besó el interior de cada uno, subiendo lentamente hasta llegar a su centro ya húmedo. Cuando su lengua la tocó por primera vez, Isabella soltó un gemido largo y tembloroso. Ethan la saboreó con paciencia. Lamió sus pliegues con lentitud, rodeando su clítoris sin prisa, introduciendo la lengua dentro de ella y volviendo a subir. Isabella se retorcía bajo su boca, sus manos aferrándose a las sábanas. —Por favor… —suplicó. Esta vez Ethan no la hizo rogar más. Se concentró en su clítoris, succionando suavemente mientras introducía dos dedos en su interior, moviéndolos con un ritmo perfecto. El orgasmo la golpeó como una ola suave pero profunda. Isabella gritó su nombre, su cuerpo convulsionando contra su boca mientras el placer la recorría en ondas largas y deliciosas. Ethan subió por su cuerpo, besando cada centímetro de piel a su paso. Se quitó la camisa y los pantalones, quedando completamente desnudo. Su erección gruesa y dura presionó contra el muslo de Isabella. —Mírame —pidió él. Isabella abrió los ojos. Ethan la miró con una intensidad que la dejó sin aliento. —Esta noche no te estoy follando —dijo con voz ronca—. Te estoy haciendo el amor. Aunque todavía nos odiemos un poco. Se posicionó entre sus piernas y entró en ella lentamente, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente enterrado. Ambos gimieron al unísono. Ethan se quedó quieto unos segundos, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño, besándola con ternura. Luego empezó a moverse. Sus embestidas eran profundas y lentas, pero intensas. Cada vez que entraba por completo, rotaba las caderas, rozando ese punto sensible dentro de ella. Isabella envolvió sus piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más profundo. —Ethan… se siente… —gimió ella. —Dime —exigió él, acelerando ligeramente el ritmo—. Dime qué sientes. —Demasiado… demasiado bueno… te odio por hacerme sentir esto… Ethan soltó una risa ronca y embistió más fuerte. —Bien. Ódiame mientras te corres alrededor de mí. El placer creció entre ellos como una marea. Sus cuerpos se movían en perfecta sincronía, sudorosos y desesperados. Isabella clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Ethan besaba su cuello, sus pechos, su boca, como si no pudiera saciarse de ella. Cuando el orgasmo la alcanzó por segunda vez, Isabella gritó su nombre, su interior contrayéndose alrededor de él con fuerza. Ethan la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gruñido profundo y gutural, abrazándola con tanta fuerza que casi le dolía. Se quedaron unidos durante mucho tiempo, respirando agitados, con los corazones latiendo al mismo ritmo. Ethan fue el primero en moverse. Se apartó suavemente y la atrajo contra su pecho, cubriéndolos a ambos con la sábana. Sus dedos acariciaban su espalda desnuda en círculos lentos. —Nunca pensé que llegaría a esto —confesó en voz baja—. Quería destruirte. Y ahora… no quiero que nada te haga daño. Ni siquiera yo. Isabella levantó la mirada hacia él. Sus ojos verdes estaban llenos de lágrimas contenidas. —Todavía te odio —susurró. —Lo sé —respondió Ethan, besando su frente—. Pero estás empezando a amarme también. Y eso te asusta más que cualquier cosa. Ella no lo negó. Se quedó en silencio, escuchando el latido fuerte y constante del corazón de Ethan bajo su oreja. Por primera vez desde que todo empezó, Isabella no sintió que estaba en una jaula. Sintió que estaba en llamas… y que, por primera vez, no quería que el fuego se apagara. Pero en el fondo de su mente, el mensaje de Camila seguía allí. Y la verdad que acababa de descubrir sobre su padre amenazaba con destruir todo lo que empezaba a nacer entre ellos.






