Dos años después
La mansión Blackwood ya no era una fortaleza fría y oscura.
Las paredes seguían siendo elegantes, pero ahora había risas que llenaban los pasillos, flores frescas en todos los rincones y un pequeño parque infantil en el jardín trasero que Ethan había mandado construir con sus propias manos.
Isabella estaba sentada en el balcón principal, con una taza de té en las manos, mirando cómo el sol se ponía sobre la ciudad. Llevaba un vestido ligero blanco que se movía con la brisa. Su cabello estaba más largo, y en su dedo anular brillaba el anillo de boda que Ethan le había dado en una ceremonia íntima un año atrás: nada de contratos, solo promesas reales.
Detrás de ella, Ethan se acercó en silencio. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba la camisa arremangada. Se inclinó y besó su cuello con ternura.
—¿Cómo está mi esposa favorita? —murmuró contra su piel.
Isabella sonrió y se recostó contra su pecho.
—Cansada, pero feliz. Nuestra hija tiene la energía de su padre. Hoy me hizo correr por todo el jardín persiguiendo mariposas.
Ethan soltó una risa baja y la rodeó con los brazos, colocando las manos sobre su vientre ligeramente abultado.
—Pronto tendremos dos corriendo por aquí. ¿Estás nerviosa?
—Un poco —admitió ella, cubriendo sus manos con las suyas—. Pero sobre todo estoy emocionada. Esta vez quiero que sea diferente. Quiero que nuestros hijos crezcan sabiendo que su padre ya no es el hombre que destruyó imperios… sino el que construyó un hogar.
Ethan la giró entre sus brazos y la miró a los ojos. Sus iris grises seguían siendo intensos, pero ahora tenían una calidez que solo Isabella conocía.
—He cumplido mi promesa —dijo con voz grave—. La mayor parte del negocio sucio ya está disuelto. Quedan algunas empresas legítimas que nos dan más que suficiente. Los Rossi firmaron la paz definitiva hace un año. Ya no hay más guerras.
Isabella acarició su mandíbula.
—Lo sé. Y estoy orgullosa de ti. Has cambiado mucho, Ethan Blackwood.
Él la besó suavemente, pero el beso pronto se volvió más profundo. Sus manos bajaron por su espalda, apretándola contra su cuerpo.
—Todavía te deseo como el primer día —susurró contra sus labios—. Aunque ahora te amo mil veces más.
Isabella sonrió y lo tomó de la mano.
—Entonces ven conmigo.
Lo llevó dentro de la habitación. La luz del atardecer entraba por las ventanas, tiñendo todo de dorado. Isabella se quitó el vestido lentamente, quedando solo con la ropa interior de encaje blanco. Ethan la observó con hambre y adoración.
—Eres aún más hermosa que cuando te vi por primera vez en aquella fiesta —dijo con voz ronca.
Se acercó y la levantó en brazos, llevándola hasta la cama. La depositó con cuidado y se desnudó frente a ella sin prisa. Cuando estuvo completamente desnudo, se tumbó sobre ella, besándola con una mezcla de ternura y deseo que solo ellos entendían.
Sus manos recorrieron su cuerpo con reverencia: sus pechos más llenos por el embarazo, su vientre donde crecía su segundo hijo, sus caderas que él conocía de memoria.
—Te amo —susurró mientras bajaba por su cuerpo, besando cada centímetro.
Cuando su boca llegó entre sus piernas, Isabella arqueó la espalda con un gemido suave. Ethan la saboreó con paciencia, lamiendo y succionando hasta que ella temblaba bajo su lengua.
—Ethan… por favor…
Él subió y entró en ella lentamente, con cuidado, mirándola a los ojos todo el tiempo. Sus embestidas fueron profundas pero suaves, llenas de amor y necesidad. Isabella lo rodeó con las piernas, moviéndose con él en un ritmo perfecto.
—No pares —susurró ella contra su boca.
—No pienso parar nunca —respondió él, acelerando ligeramente.
El orgasmo los alcanzó juntos, suave pero intenso. Isabella se aferró a sus hombros, gimiendo su nombre mientras su cuerpo se contraía alrededor de él. Ethan se derramó dentro de ella con un gruñido ronco, abrazándola como si fuera lo más preciado del universo.
Se quedaron unidos durante mucho tiempo, besándose perezosamente mientras sus respiraciones se calmaban.
Ethan apoyó su frente contra la de ella.
—Recuerdas cuando te dije que amar al enemigo tendría un precio muy alto?
Isabella sonrió, acariciando su cabello.
—Lo recuerdo. Dijiste que me romperías.
—Y tú dijiste que preferías morir antes que ser mía.
Ambos rieron suavemente.
—Qué equivocados estábamos —susurró Isabella—. El precio fue alto… pero valió cada lágrima, cada bala y cada noche de odio. Porque al final, me diste lo que nunca pensé que tendría: un hogar, una familia y un amor que sobrevivió al fuego.
Ethan la besó con ternura.
—Y tú me diste algo que nunca tuve: paz. Me salvaste de mí mismo, Isabella Blackwood.
Fuera, el sol se ocultaba por completo.
Dentro, en la cama que había sido testigo de odio, deseo, lágrimas y amor, Isabella y Ethan se abrazaban sabiendo que su historia no había terminado.
Solo había comenzado de nuevo.
Epílogo – Tres años después
En el jardín de la mansión, una niña de casi tres años corría persiguiendo a su hermanito de un año, mientras Isabella los observaba desde una manta extendida en el césped. Ethan estaba sentado detrás de ella, con los brazos rodeándola y la barbilla apoyada en su hombro.
—Mira lo que creamos —dijo él con voz llena de orgullo.
Isabella sonrió y giró la cabeza para besarlo.
—Creímos algo hermoso de algo que empezó tan oscuro.
Ethan la apretó más contra su pecho.
—El precio de amar al enemigo fue alto… pero pagaría ese precio mil veces más solo por tenerte a ti y a nuestros hijos.
Isabella cerró los ojos, sintiendo el calor del sol y el amor del hombre que una vez fue su mayor enemigo.
—Entonces que sea para siempre —susurró.
Y bajo el cielo que había visto nacer su odio y su amor, Isabella y Ethan Blackwood supieron que habían ganado la única guerra que realmente importaba:
La guerra por su propia felicidad.