Tres años después
La mansión Blackwood ya no era un lugar de sombras y secretos.
Los jardines estaban llenos de risas infantiles, flores de colores y un pequeño columpio que Ethan había construido con sus propias manos. Las paredes altas seguían allí, pero ahora se sentían como protección, no como prisión.
Isabella estaba sentada en la terraza principal, con un vestido ligero color crema que se movía con la brisa de la tarde. Tenía el cabello más largo y una sonrisa tranquila que antes no existía. En sus brazos sostenía a su hija menor, Sofía, de solo seis meses, mientras observaba cómo su hijo mayor, Alexander (de casi tres años), corría por el césped persiguiendo mariposas.
Ethan apareció por el sendero del jardín, todavía con la camisa arremangada después de haber estado jugando con su hijo. Cuando vio a Isabella, su mirada se suavizó de esa forma que solo ella conocía.
—Mi esposa —dijo con voz grave y cálida, acercándose.
Se inclinó y la besó en los labios con ternura, luego besó la cabecita de Sofía.
—¿Cómo están mis dos mujeres favoritas?
—Felices —respondió Isabella, sonriendo—. Aunque Alexander tiene toda tu energía. Hoy ya me ha hecho correr tres veces por el jardín.
Ethan soltó una risa baja y se sentó a su lado, rodeándola con un brazo. Alexander corrió hacia ellos y se lanzó a los brazos de su padre.
—¡Papá! ¡Mariposa grande!
Ethan lo levantó en el aire, haciéndolo reír.
—Eres igual de terco que tu madre cuando quiere algo —dijo, mirando a Isabella con cariño.
Ella lo observó en silencio. El hombre que una vez fue frío, cruel y letal ahora jugaba con su hijo como si el mundo entero cupiera en esa risa infantil. Las cicatrices seguían en su cuerpo, pero ya no definían quién era.
Cuando Alexander se fue corriendo de nuevo, Ethan se inclinó hacia Isabella y le susurró al oído:
—Esta noche, cuando los niños duerman… te quiero solo para mí.
Isabella sintió un escalofrío familiar recorrerle la espalda.
—¿Es una orden, señor Blackwood?
—Es una promesa —respondió él, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja—. Y sabes que siempre cumplo mis promesas.
Esa noche, después de bañar a los niños y acostarlos, la mansión quedó en silencio.
Ethan cerró la puerta de la habitación principal con llave. Isabella estaba de pie junto a la cama, vestida solo con un camisón de seda negro que apenas cubría sus muslos. La luz tenue de las lámparas hacía que su piel brillara.
Ethan se acercó lentamente, quitándose la camisa sin prisa.
—Eres aún más hermosa que el día que te hice mía por primera vez —murmuró.
Isabella sonrió con picardía.
—Esa noche me ataste. Esta noche quiero que seas tú quien se deje llevar un poco.
Lo empujó suavemente hasta que Ethan se sentó en el borde de la cama. Se colocó a horcajadas sobre él y lo besó con lentitud, controlando el ritmo. Sus manos bajaron por su pecho, desabrochando su pantalón.
Cuando lo liberó, sintió su erección dura y caliente contra su palma. Lo acarició lentamente mientras lo besaba, disfrutando del gruñido ronco que escapaba de su garganta.
—Isabella… —advirtió él.
—Shh —susurró ella contra sus labios—. Esta noche mando yo.
Se levantó el camisón y se hundió sobre él lentamente, tomándolo centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Ambos gimieron al unísono.
Isabella empezó a moverse con un ritmo lento y profundo, ondulando las caderas mientras lo miraba a los ojos. Ethan sujetaba sus caderas, pero no la guiaba. La dejaba tomar el control, disfrutando de cada movimiento.
—Te amo —jadeó ella, acelerando el ritmo—. Aunque algunos días todavía te odie un poco.
Ethan soltó una risa ronca y embistió hacia arriba para encontrarse con ella.
—Ódiame todo lo que quieras… mientras sigas follándome así.
El placer creció rápido y fuerte. Isabella se movió con más intensidad, sus gemidos llenando la habitación. Ethan la sujetó con fuerza y la besó con desesperación mientras el orgasmo los golpeaba casi al mismo tiempo.
Isabella gritó su nombre, su cuerpo convulsionando alrededor de él. Ethan se derramó dentro de ella con un gruñido profundo, abrazándola como si fuera lo único que necesitaba en la vida.
Se quedaron unidos, respirando agitados, besándose suavemente.
—Nunca pensé que llegaría a esto —susurró Ethan contra su cuello—. De querer destruirte… a no poder vivir sin ti.
Isabella acarició su cabello.
—Yo tampoco. Creí que te odiaría para siempre. Pero el odio se convirtió en esto… en amor. En familia. En un futuro que nunca imaginé.
Ethan la miró a los ojos con una intensidad que todavía le aceleraba el corazón.
—Eres el precio más alto que he pagado en mi vida… y el único que volvería a pagar mil veces.
Isabella sonrió y lo besó con ternura.
—Entonces que sea para siempre, Ethan Blackwood.
Epílogo – Cinco años después
El jardín estaba lleno de globos y risas.
Alexander, de ocho años, corría con su hermana Sofía, de cinco, mientras el pequeño Mateo, de dos, intentaba seguirlos a trompicones. Isabella observaba la escena desde una silla, con una mano sobre su vientre ligeramente abultado (el cuarto hijo estaba en camino).
Ethan se acercó por detrás y la abrazó, colocando las manos sobre su vientre.
—Otra vez —murmuró con orgullo—. ¿Estás segura de que no quieres parar?
Isabella giró la cabeza y lo besó.
—Quiero una casa llena de niños que sepan que su padre dejó de ser el diablo para convertirse en el hombre que nos protege y nos ama.
Ethan la besó con profundidad, sin importarle que los niños estuvieran cerca.
—Te amo, Isabella. Más que el primer día. Más que cuando te odiaba. Más que nunca.
—Y yo a ti —respondió ella—. Aunque algunos días todavía te odie un poco… especialmente cuando dejas los calcetines tirados por toda la casa.
Ambos rieron.
Bajo el mismo cielo que una vez vio nacer su odio más profundo, Isabella y Ethan Blackwood habían construido algo mucho más fuerte:
Una familia.
Un amor que sobrevivió al fuego.
Y un futuro donde el precio de amar al enemigo resultó ser el mejor pago de sus vidas.