El Ford gris avanzaba con un ronroneo asmático, un traqueteo de válvulas viejas que se había convertido en el único metrónomo de la madrugada. Habíamos dejado atrás la última estación de servicio de la autopista 97 hacía más de dos horas. A ambos lados de la calzada, la Columbia Británica se abría en una extensión de praderas bajas y zonas pantanosas que el deshielo había transformado en un espejo de agua oscura, reflejando el cielo plomizo y sin estrellas de las cuatro de la mañana.
El aire de