El Vaticano no era simplemente un estado soberano; era un laberinto de piedra, incienso y secretos milenarios que se filtraban por las grietas de la Plaza de San Pedro. Al llegar, el sol de la mañana golpeaba las columnas de mármol con una intensidad cegadora, proyectando sombras largas y afiladas que parecían dedos señalándonos.
Marcus caminaba a mi lado, su presencia era una presión constante y protectora. Llevaba un traje oscuro que ocultaba las cicatrices de las montañas, pero sus ojos no d