El despertar no fue un alivio; fue una transición de una oscuridad a otra más fría y asfixiante. Mis párpados pesaban como si estuvieran sellados con plomo, y el sabor a cobre en mi boca me recordó el pinchazo en el cuello. Intenté mover las manos, pero mis muñecas estaban sujetas por grilletes de cuero y acero integrados en los brazos de una silla de piedra.
Abrí los ojos y el mundo se estabilizó en una imagen de pesadilla geométrica. No estaba en una mazmorra medieval, sino en una celda de cr