Había pasado exactamente un mes desde que el glaciar de St. Moritz se tragó los restos de la dinastía Von Zale. Un mes desde que el mundo leyó en los titulares que los herederos de los Thorne y los Rossi habían perecido en una trágica avalancha en los Alpes suizos. Para el resto de la civilización, éramos fantasmas. Para nosotros, era la primera vez que podíamos respirar sin el sabor metálico del miedo en la lengua.
Nos habíamos refugiado en Panarea, una pequeña isla volcánica en el archipiélag