La puerta de la berlina negra no se abrió de inmediato. El metal del motor crujió al enfriarse bajo el aguanieve, un lamento rítmico que parecía responder al siseo agonizante del transistor del mostrador. Dentro del restaurante, la llama de la vela en el tarro de cristal osciló, estirando las sombras de las mesas laminadas hasta las vigas del techo. Nadie respiraba. Pete se había quedado inmóvil a mitad de camino entre la barra y la cocina, con la linterna apagada en la mano y la cabeza inclina