El transistor sobre el mostrador dio un último chasquido, un crujido de baquelita y cobre viejo que sonó como una costilla al romperse, antes de apagarse por completo. La mecha de la vela en el tarro de cristal se ahogó en el exceso de su propia cera derretida, reduciendo la iluminación del restaurante a la claridad lívida y azulada que se filtraba por la cristalera principal. Fuera, la nieve caía con una monotonía pesada, borrando las líneas de la berlina negra de la Orden hasta convertirla en