El silencio que siguió al apagón general de la península no fue el de una noche ordinaria; fue el silencio de una máquina colosal que se detiene de golpe, dejando que el peso muerto de su propia estructura se asiente sobre el suelo. En el restaurante, la bombilla parpadeante sobre el reservado se extinguió con un chasquido seco, y el zumbido constante del generador exterior murió en un estertor rancio de gasóleo mal quemado.
La penumbra que se instaló en el local era densa, rota únicamente por