El calor dentro de la cabina del camión tenía una densidad casi líquida. Olía a tabaco de liar rancio, a café recalentado en termo de aluminio y al diésel quemado que se filtraba por las juntas de la transmisión, un contraste violento con el aire estéril y helado del que veníamos. Lucía se quedó dormida a los cinco minutos de reanudarse la marcha, con la cabeza apoyada en mi muslo y las manos aún crispadas, como si temiera que el movimiento del vehículo fuera otra simulación de los terminales d