El agua de la taza se había enfriado, dejando un cerco blanquecino en los bordes de la loza que recordaba a la escarcha de la montaña. Afuera, el generador del restaurante dio un par de pistonazos irregulares, un carraspeo de metal viejo que hizo que la bombilla sobre nuestras cabezas parpadeara dos veces antes de estabilizarse en una luz amarillenta y mortecina.
No retiré la mano de la taza. El frío se me había quedado incrustado bajo las uñas, allí donde las líneas verdes de la Gema se desvan