El estruendo de la explosión arriba fue seguido por un silencio sepulcral, roto solo por el siseo del agua helada que empezaba a filtrarse por las fisuras del techo de acero. La cámara acorazada, incrustada en las entrañas del glaciar de St. Moritz, vibró como un animal herido. Las luces rojas de emergencia bañaban la sala en un tono de sangre, y el panel de control frente a mí echaba humo, protestando por el sabotaje que acababa de realizar.
—¡Zola! —el grito desgarró el caos.
Marcus irrumpió