El aire en Milán estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. La Torre Thorne se alzaba frente a nosotros como un gigante de vidrio y odio, reflejando las nubes grises que amenazaban con una tormenta épica. No era solo un edificio; era el trofeo por el que tantas personas habían sangrado, y hoy, Alberto Rossi planeaba ponerle su sello definitivo.
Dentro de la furgoneta táctica, el silencio era sepulcral. Marcus revisaba su reloj cada treinta segun