El siseo del sistema de ventilación era un sonido sutil, casi imperceptible, pero para mí sonaba como el rugido de una sentencia de muerte. El aire en la sala de juntas, antes gélido por el aire acondicionado, empezó a volverse pesado, con un regusto químico que picaba en la parte posterior de mi garganta. Alberto Rossi permanecía de pie, con el pulgar apoyado sobre el botón del control remoto, su rostro transformado en una máscara de locura senil y poder absoluto.
—¿Sientes eso, Marcus? —pregu