El silencio fue lo primero que me golpeó. No era el silencio de la paz, sino el silencio pesado y opresivo de las profundidades del Lago de Como. Mis oídos zumbaban con un pitido agudo y constante, y mis pulmones ardían como si alguien hubiera vertido plomo derretido en mi pecho. Abrí los ojos, pero solo vi una neblina de burbujas plateadas y la oscuridad verdosa del agua helada.
El jet, una vez un símbolo de lujo y poder, ahora era una carcasa de metal retorcido que se hundía lentamente hacia