El ascenso fue violento. El jet privado se elevaba cortando las nubes de tormenta como una daga de plata, dejando atrás las luces azules de las patrullas de Parma. Dentro de la cabina, el lujo era insultante: asientos de cuero color crema, acabados en madera de nogal y una iluminación ámbar que debería haber sido relajante, pero que en ese momento se sentía como el interior de un ataúd dorado.
Marcus estaba en la cabina de mando, obligando al piloto a punta de pistola a mantener el rumbo hacia