El ambiente en el restaurante se había vuelto denso, casi irrespirable. Después de la confesión de Gabriela, después de la pulsera, después de la incomodidad evidente de Bianca, Luciano supo que no podían seguir dando vueltas. No era justo para nadie, y mucho menos para Mateo.
Luciano apoyó ambas manos sobre la mesa y habló con voz firme, sin elevarla, pero dejando claro que había tomado una decisión.
—Bueno… vamos a ir al grano.
Gabriela levantó la mirada de inmediato, atenta.
Bianca también lo miró, con una mezcla de nervios y expectativa.
—Lo que vamos a hacer es esto —continuó Luciano—. Vamos a manejar la situación con cuidado. Mateo es un niño. No podemos improvisar ni actuar por impulso.
Gabriela asintió lentamente.
—Yo entiendo —dijo—. Haré lo que tú digas.
Luciano respiró hondo.
—Vamos a compartir momentos donde Bianca y yo vamos a estar presentes. Tú vas a poder estar con Mateo, sí, pero siempre bajo nuestra supervisión.
Gabriela apretó los labios, pero no protestó.
—Vamos a