Apenas la puerta se cerró detrás de Bianca, el silencio volvió a apoderarse de la casa.
Gabriela permaneció inmóvil unos segundos, escuchando cómo los pasos se alejaban por el sendero de grava. Esperó hasta que el sonido del motor se encendió y se perdió calle abajo. Solo entonces, su expresión cambió por completo.
La dulzura desapareció.
La fragilidad se evaporó.
Y en su lugar apareció una sonrisa torcida, cargada de desprecio.
—Ridícula… —murmuró, dejando escapar una carcajada baja, amarga—. Tan buena, tan correcta… tan fácil de engañar.
Caminó lentamente hasta la ventana y apartó apenas la cortina, observando el auto de Bianca desaparecer en la esquina.
—¿Ayudarme a recuperar el tiempo perdido? —repitió con burla—. Pobrecita ilusa.
Se giró, apoyando la espalda contra la pared. Sus ojos brillaban con determinación, con ambición.
—Voy a aprovecharte —dijo con voz firme—. Voy a recuperar lo que es mío.
Caminó hacia la mesa y tomó la fotografía gastada de sus manos. Pasó el dedo por el