Apenas la puerta se cerró detrás de Bianca, el silencio volvió a apoderarse de la casa.
Gabriela permaneció inmóvil unos segundos, escuchando cómo los pasos se alejaban por el sendero de grava. Esperó hasta que el sonido del motor se encendió y se perdió calle abajo. Solo entonces, su expresión cambió por completo.
La dulzura desapareció.
La fragilidad se evaporó.
Y en su lugar apareció una sonrisa torcida, cargada de desprecio.
—Ridícula… —murmuró, dejando escapar una carcajada baja, amarga—.