Patricia removió lentamente la cucharita dentro de su taza de café, mirando el líquido oscuro como si allí pudiera encontrar respuestas. El café estaba casi vacío a esa hora de la tarde, solo un par de mesas ocupadas, algunas personas tecleando en sus laptops y un silencio suave que flotaba entre las lámparas cálidas. Natalia, en cambio, no tenía paciencia para detenerse en detalles: llevaba la pierna rebotando desde que se sentó, y cada tanto su mirada se desviaba hacia la ventana, como si esperara encontrar allí alguna señal que la guiara.
—Tienes que relajarte —dijo Patricia finalmente, con un tono burlón que solo ella sabía usar sin afectar la elegancia que pretendía cargar—. Así nadie imagina que estás planeando destruir un matrimonio.
Natalia la fulminó con la mirada.
—No lo estoy destruyendo —corrigió, apretando los dientes—. Solo… estoy recuperando lo que me pertenece.
—Claro —rió Patricia—. Y yo soy la reina de Inglaterra.
Natalia no cayó en la burla. Ni siquiera pestañeó. Es