El amanecer llegó silencioso, como si la ciudad quisiera caminar de puntillas para no despertar a nadie. Bianca abrió los ojos antes de que sonara la alarma, sintiendo un peso inexplicable en el pecho. No era dolor físico, pero sí una molestia profunda, como una corazonada que se ancló ahí durante la noche y no había manera de desalojarla.
Miró el techo, luego giró la cabeza hacia la ventana. Algo estaba mal… pero no sabía qué. Luciano dormía profundamente a su lado, respirando con calma, sin sospechar nada del torbellino interno que su esposa empezaba a sentir.
—¿Qué me pasa? —susurró Bianca, llevándose la mano al pecho.
Era raro. Muy raro. No solía despertar con ansiedad, mucho menos cuando había tenido un fin de semana perfecto, uno de esos que fortalecen a una familia. Pero hoy, en cambio, cada cosa dentro de ella parecía tensarse sin explicación.
Finalmente se levantó en silencio, dejando a Luciano dormir un poco más. No quería despertarlo cuando esa sensación ni siquiera tenía n