La tarde en la mansión tenía la quietud particular de los espacios grandes y vacíos. Sin niñera que lo supervisara, Mateo gozaba de una independencia poco común para su edad, fruto de la crianza deliberada de Bianca y Luciano: querían un hijo seguro, no dependiente. Había terminado sus tareas del colegio en su habitación-taller, un espacio donde convivían microscopios de juguete con libros de astronomía reales, y bajó a la cocina en busca de un refrigerio.
Al pasar frente a la sala de televisió