La cena en la mansión López era, como todas las noches desde que Bianca regresó de Bruselas, un ejercicio de equilibrio. Gabriela estaba allí, en la silla que antes ocupaban solo los tres, convertida en una presencia permanente que la costumbre empezaba a normalizar peligrosamente. Ya no era la invitada temporal; vivía allí, y cada día que pasaba sus pertenencias ocupaban más espacio en el armario de invitados, sus libros se acumulaban en la biblioteca, su aroma a jazmín impregnaba los pasillos