El mensaje de Luciano llegó a la pantalla de Bianca como un salvavidas en medio de un mar de papeles y pantallas iluminadas. Lo leyó una, dos veces, absorbiendo la disculpa contenida en su austeridad. «Confío en ti. Sin reservas.» Las palabras eran un bálsamo y un aguijón a la vez. Aliviaban la herida abierta por su sospecha, pero también la hacían sentirse culpable por su propia reacción defensiva. Ella también había albergado, aunque brevemente, la sombra de la duda desde Bruselas.
Alberto, o