La luz de la mañana no entró triunfal. Se filtró, pálida y reticente, entre las pesadas cortinas de seda de la suite matrimonial, como si dudara en iluminar el campo de batalla que la habitación había sido en la oscuridad. Bianca despertó con los párpados pesados, inflamados por las lágrimas no derramadas hasta el final. Un dolor sordo, arraigado en lo más profundo de su pecho, le recordaba que no había sido un sueño. Había pasado la noche en la orilla extrema de la cama, consciente de cada res