—Mateo, cariño —comenzó, deteniéndose junto a él. Su voz sonó extraña en sus propios oídos—. Hoy… Hoy no voy a ir a la oficina. Sabes que hoy es día de familia y como siempre voy a acompañarte a tu clase de natación.
Pronunció «como siempre» con una fuerza desesperada, intentando reclamar el territorio perdido, anclar el presente en la tradición que ellos dos habían construido.
Mateo dejó la cuchara en el tazón. El clic de metal contra porcelana sonó estruendoso en el silencio súbito. Masticó,