El parque era una pequeña mancha de verde ordenado entre el gris de la ciudad. Gabriela eligió un banco alejado del camino principal, con vista a un estanque donde patos domesticados nadaban en círculos indolentes. Se sentó con una lentitud estudiada, la postura ligeramente encorvada, los hombros caídos. La imagen perfecta de una convaleciente sumida en sus pensamientos, abrumada por el peso de una memoria que se negaba a regresar.
No necesitaba mirar directamente para saber que estaba allí. Lo