El pasillo del hospital estaba más silencioso de lo habitual. Bianca caminaba despacio, como si temiera que cualquier ruido brusco pudiera alterar el frágil equilibrio que, por fin, parecía haberse alcanzado. Luciano iba a su lado, con las manos en los bolsillos, el gesto serio, pero los hombros un poco menos tensos que los días anteriores. Ambos habían aprendido a leer cada latido de ese lugar: el olor a desinfectante, el eco lejano de los carros médicos, las puertas que se abrían y cerraban m