Bianca respiró hondo antes de cruzar el pasillo del hospital. A cada paso sentía cómo el peso de la decisión se asentaba sobre sus hombros. No era miedo exactamente, tampoco duda. Era esa mezcla incómoda entre hacer lo correcto y saber, muy en el fondo, que lo correcto no siempre era lo más seguro.
Se detuvo frente a la puerta de la habitación donde Gabriela descansaba. A través del vidrio la vio: pálida, demasiado delgada, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando lentamente. La enfermera acababa de salir y el silencio volvió a envolver el lugar.
Bianca tocó suavemente antes de entrar.
—¿Puedo pasar? —preguntó en voz baja.
Gabriela abrió los ojos despacio, como si le costara volver a la realidad. Al verla, forzó una sonrisa débil, casi frágil.
—Claro… pasa —respondió—. Gracias por venir.
Bianca cerró la puerta detrás de sí y se acercó a la cama. Durante unos segundos no dijo nada, solo la observó con atención. La desnutrición era evidente, no solo en el cuerpo, sino en el c