La luz tenue del apartamento apenas iluminaba la sala.
Gabriela estaba sentada en el sofá, envuelta en una bata de seda clara que contrastaba con la dureza de su mirada. Frente a ella, una copa de vino intacta descansaba sobre la mesa de centro. No había bebido. Esa noche necesitaba la mente fría, calculadora.
El hombre estaba de pie, cerca de la ventana. De espaldas. Como siempre. Su silueta se recortaba contra la ciudad iluminada, poderosa, impenetrable.
—Ya es hora —dijo él, rompiendo el sil