La luz tenue del apartamento apenas iluminaba la sala.
Gabriela estaba sentada en el sofá, envuelta en una bata de seda clara que contrastaba con la dureza de su mirada. Frente a ella, una copa de vino intacta descansaba sobre la mesa de centro. No había bebido. Esa noche necesitaba la mente fría, calculadora.
El hombre estaba de pie, cerca de la ventana. De espaldas. Como siempre. Su silueta se recortaba contra la ciudad iluminada, poderosa, impenetrable.
—Ya es hora —dijo él, rompiendo el silencio—. Has avanzado lo suficiente.
Gabriela alzó la vista lentamente.
—¿Hora de qué? —preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta.
El hombre se giró apenas, lo suficiente para que ella viera la dureza de su mandíbula.
—De la jugada maestra.
Gabriela esbozó una sonrisa ladeada.
—¿Tan pronto? —respondió—. El niño todavía está frágil. Bianca está emocionalmente vulnerable. Luciano… sigue dudando, pero no ha bajado la guardia del todo.
—Precisamente por eso —replicó él—. Cuando todos están di