La madrugada no trajo descanso.
El hospital seguía despierto, con sus luces blancas, sus pasos contenidos, sus murmullos de vidas suspendidas en un hilo invisible. Luciano caminaba de un lado a otro del pasillo como un animal enjaulado. Cada paso era un pensamiento, cada pensamiento una culpa que volvía a clavarse con más fuerza.
Había hecho la llamada.
Eso ya no tenía marcha atrás.
Bianca permanecía sentada cerca de la habitación de Mateo, con la espalda recta, pero el alma hecha pedazos. No lloraba. No ahora. Había aprendido, a golpes, que cuando uno se quiebra demasiado pronto, no queda nada para sostener a los demás.
Mateo dormía. O al menos eso parecía. Su respiración era irregular, suave, pero presente. Bianca agradecía cada vez que el pecho del niño subía y bajaba, como si fuera una promesa silenciosa de que aún estaba allí.
Luciano se detuvo frente a la ventana del pasillo. La ciudad seguía viva abajo, indiferente. Los autos pasaban, la gente dormía, otros reían, otros discutí