Había pasado una semana.
Siete días que parecieron una tregua frágil, sostenida apenas por la esperanza y por el sonido constante de los monitores que acompañaban la respiración de Mateo. Al principio, los médicos hablaron de evolución favorable, de pequeños avances, de respuestas positivas. Bianca quiso creerles con todo el corazón. Luciano también. Ambos se aferraron a cada gesto mínimo del niño, a cada sonrisa cansada, a cada noche en la que lograba dormir sin sobresaltos.
Pero esa mañana, e