Había pasado una semana.
Siete días que parecieron una tregua frágil, sostenida apenas por la esperanza y por el sonido constante de los monitores que acompañaban la respiración de Mateo. Al principio, los médicos hablaron de evolución favorable, de pequeños avances, de respuestas positivas. Bianca quiso creerles con todo el corazón. Luciano también. Ambos se aferraron a cada gesto mínimo del niño, a cada sonrisa cansada, a cada noche en la que lograba dormir sin sobresaltos.
Pero esa mañana, el silencio en la habitación era distinto.
Mateo estaba despierto, aunque demasiado quieto. Sus labios habían vuelto a perder color y sus ojos, grandes y apagados, miraban el techo sin realmente verlo.
Bianca sintió el nudo en el estómago incluso antes de que el médico hablara.
—Los niveles volvieron a bajar —explicó con voz profesional—. No es una recaída grave, pero sí necesitamos reforzar. Será una transfusión pequeña… un poco más que la anterior.
Luciano apretó los puños.
—¿Otra vez? —pregunt