La lluvia caía sobre Nueva Orleans como si el cielo también intentara purificarse. Las calles estaban oscuras, y el aire olía a humedad, pólvora y traición.
Dante caminaba sin prisa por el viejo muelle del puerto sur. Cada paso resonaba sobre la madera húmeda. Había vuelto. No como el hombre que huyó al convento, sino como el heredero de la oscuridad que lo formó.
A su lado, Alexander revisaba las sombras, atento.
—Tenemos una cita en el viejo club Ébano —murmuró—. Allí se están reuniendo los q