La mañana en el convento comenzó con un silencio inquietante. Desde la desaparición de Sor Judith, cada rincón parecía cargado de sospechas. Nadie mencionaba su nombre, pero todas la recordaban. Como si la ausencia pesara más que su presencia.
Dante observaba el claustro desde una de las ventanas altas, sin sotana, sin fingimientos. La fachada de sacerdote ya no era su escudo, no con Elena, ni con Sor Teresa, que ahora lo trataba con una mezcla de reserva y respeto. Aquel convento ya no era sol