El día amaneció con un silencio espeso, como si los muros mismos contuvieran la respiración.
Sor Teresa reunió a todas las hermanas en el comedor. Su rostro era una máscara de serenidad, pero sus manos delataban el temblor.
—Desde el incidente en el almacén, hemos reforzado la vigilancia —anunció—. Pero necesitamos más que rezos. Necesitamos prudencia. Y silencio.
Las hermanas asintieron, algunas con fe, otras con miedo. Elena bajó la mirada, sintiendo que algo invisible las rodeaba, como una t